El Atelier Urbano

Soy Luz y acá dejo crónicas personales, observaciones sociales y análisis desde el movimiento.

Hace muy poquito terminé Dorayaki, la novela de Durian Sukegawa. Es, en parte, la historia simple de una anciana que consigue trabajo en un puesto de dorayakis gracias a su talento para hacer an, la pasta de porotos dulces que rellena esas tortitas. Pero Tokue (así se llama) tiene las manos deformadas y algunas marcas visibles en el cuerpo por ser una sobreviviente de lepra, curada hace décadas, que sigue cargando con el estigma de una enfermedad que la sociedad japonesa trató durante gran parte del siglo XX como si fuera una mancha moral antes que un problema médico.

Esto es un Dorayaki japonés

Hay un pasaje del libro que es el disparador de todo este texto. Tokue les cuenta a los otros personajes cómo era vivir con la enfermedad activa: que la lepra afecta primero la vista, después la sensibilidad de manos y pies, y que la lengua es lo último en perderla. Y pregunta, casi al pasar: ¿se pueden imaginar lo que es sentir un sabor dulce en la boca sin poder ver ni tocar lo que se está comiendo? El desarrollo de la historia me generó inquietudes (por lo poco que sé sobre la lepra) y me llevó a investigar cómo fue esta historia en Argentina, y puntualmente mi provincia, Córdoba.

Un mismo patrón, en todos lados

La lepra (hoy se la llama enfermedad de Hansen, por el médico noruego que identificó el bacilo causante en 1873) tiene una historia de estigma que se repite con variaciones mínimas en culturas muy distintas entre sí. Desde la Antigüedad se la asoció con un castigo, y la respuesta casi universal fue la misma: expulsar a quien la tenía fuera de los muros de la ciudad. Recién en el siglo VI empieza a aparecer la figura del leprosario como un lugar de resguardo, generalmente a cargo de órdenes religiosas. No curaba a nadie, pero al menos había cuidado en vez de puro destierro.

El quiebre real llega en el siglo XX con los antibióticos: la enfermedad se vuelve tratable de forma ambulatoria y de contagio mucho más difícil de lo que se creía. El encierro deja de tener sentido médico. El problema es que en muchos países (Argentina entre ellos) el encierro se sostuvo igual, mucho después de que la ciencia dijera que ya no hacía falta.

Argentina: cuando el higienismo se cruzó con la eugenesia

Investigando un poco más entendí algo que honestamente no conocía… en Argentina el aislamiento no fue solo un capítulo tardío y bastante llamativo, sino parte de un movimiento médico-social más amplio, el higienismo.

El higienismo había nacido en el siglo XIX en Inglaterra y luego se expandió por Europa y América como respuesta al crecimiento acelerado de las ciudades y a las epidemias que ese crecimiento traía. La pobreza, el hacinamiento y la falta de agua potable se señalaban como causas de enfermedad, y también, cada vez más, los «hábitos» de la gente. En Argentina el higienismo no se quedó solo en cañerías… pasó a definir qué cuerpos, qué costumbres y qué poblaciones eran «sanas» o «peligrosas» para el conjunto social. Emilio Coni, el higienista argentino más destacado de fines del siglo XIX, llegó a imaginar una «ciudad ideal» moldeada enteramente por criterios de higiene pública.

Ese discurso fue ganando peso en las decisiones del Estado, que buscaba construir una nación «moderna» controlando la salud de la población y ahí, es donde se cruza con la eugenesia: la idea de que se puede mejorar a una población controlando quién se reproduce y qué características se transmiten. En Argentina, esa mezcla llevó a vincular la lepra con la «degeneración de la raza» y con la inmigración de pueblos considerados «incivilizados».

El resultado concreto fue que en 1939, doce años después de una ley que lo habilitaba, se inauguraron los leprosarios argentinos, con un régimen de aislamiento de tipo carcelario. Lo llamativo es el timing porque en Europa y en esos mismos años ya se discutía cerrar los leprosarios (la detección temprana y el tratamiento ambulatorio los habían vuelto innecesarios). Argentina los abrió igual, y los sostuvo hasta bien entrada la década de 1980, entre otras razones, para amortizar la costosa construcción, para mantener aislado a quien seguía viéndose como un peligro social, y porque el clima de ideas eugenésicas todavía pesaba mucho.

Para los años cuarenta funcionaban siete de estos «leprocomios» en el país: la Colonia Buenos Aires (hoy Hospital Baldomero Sommer) en General Rodríguez, la Colonia Pedro Baliña en Misiones, la Colonia Enrique Fidanza en Entre Ríos, el Leprosario Manuel Rodríguez en Santa Fe, la Colonia Maximiliano Aberastury en la isla del Cerrito, Chaco y la Colonia Juan José Puente, en Córdoba.

Entrar a uno de esos lugares significaba, en los hechos, dejar de ser hija, madre o esposa y pasar a ser «interna». Exactamente lo que le pasa a Tokue en la novela: separada de su familia siendo muy chica, trasladada a un hospital para enfermos de lepra, alejada incluso de la sociedad en general. El patrón se repite con una precisión incómoda a más de diez mil kilómetros de distancia.

El aislamiento recién empieza a desarmarse en los 80 ya que en 1983 se promulgó la llamada «ley de lepra», que puso el tratamiento obligatorio y gratuito en manos del Estado, aplicada efectivamente desde 1985. Hoy la enfermedad sigue existiendo pero en franco retroceso: se detectan entre 300 y 400 casos nuevos por año, sobre todo en las provincias del noroeste, nordeste y centro del país.

Córdoba, y un santo con lepra

De la Colonia Juan José Puente en sí no encontré demasiado detalle (me queda pendiente seguir buscando, ojalá me encuentre con testimonios de quienes vivieron ahí), pero apareció una conexión que no esperaba. El Cura Brochero, sacerdote cordobés canonizado en 2016, tuvo lepra los últimos años de su vida. La habría contraído por el contacto directo con los enfermos a los que asistía en Traslasierra, al parecer compartiendo el mate con ellos. La enfermedad lo dejó sordo y prácticamente ciego antes de morir, en 1914.

Me pareció un cruce curioso, casi un contrapunto de todo lo anterior porque la misma enfermedad que el Estado usaba para expulsar y esconder, en la biografía de Brochero terminó integrada a una narrativa de entrega y santidad. Vale la aclaración de que estas afirmaciones vienen de biografías periodísticas y eclesiásticas que coinciden entre sí, no de un estudio clínico al que pueda haber accedido.

Walsh, siete días en la isla de los resucitados

De todo lo que apareció en esta investigación, otra cosa que me quedó dando vueltas fue encontrarme con una faceta de Rodolfo Walsh que no conocía. En junio de 1966, con 39 años, escribió una crónica llamada «La isla de los resucitados» para la revista Panorama. Fue junto al fotógrafo Pablo Alonso a la Colonia Maximiliano Aberastury, en la isla del Cerrito, Chaco, y se quedaron ahí una semana, conviviendo con los internos.

La nota formó parte de una serie que Walsh escribió para Panorama durante 1966 y 1967 (también publicó «Carnaval Caté», «El expreso de la siesta» y «San La Muerte»), crónicas que años después se reunieron en el libro El violento oficio de escribir (1995). Digamos que se trató de una tarea muy parecida  a la que hizo con Operación Masacre: meterse en un lugar que nadie quiere mirar y darle voz a quienes viven ahí, aunque en este caso el enemigo no fuera un régimen sino una enfermedad y el estigma que la rodeaba.

Lo que más me llama la atención, pensando en el libro que disparó todo esto, es lo físico del planteo: la crónica arranca contando que a esas personas no se las podía tocar aunque uno terminara sintiéndolas amigas. Es casi el mismo nudo que atraviesa Dorayaki: el cuerpo marcado, el tacto prohibido, y alguien (Walsh, en este caso, o el joven pastelero Sentaro en la novela), que decide mirar a la persona antes que a la enfermedad.

Hay un detalle pequeño y muy humano en la crónica: Walsh y Alonso tenían un ritual propio. Cada noche, al volver de estar con los internos, se lavaban las manos, y si alguno se olvidaba el otro le cantaba, a modo de broma, «agua y jabón, agua y jabón», (la fórmula con la que un cabo de la isla, casi un personaje mítico del lugar, llevaba veinticinco años esquivando el bacilo de Hansen).

La publicación no cayó bien en el Chaco en su momento porque se la vio como un obstáculo para las gestiones que buscaban recuperar la isla, justo cuando avanzaba una campaña de educación sanitaria coordinada por un médico local. Ahí aparece una tensión que se repite mucho en el periodismo de no ficción… la distancia entre mostrar la realidad tal cual es y lo que ciertos sectores locales necesitan proyectar hacia afuera.

Lo del higienismo fue lo que más me sorprendió de toda esta mini investigación y lectura, porque no lo conocía como movimiento y porque, al leerlo, es imposible no pensar en discursos de hoy. La lógica de fondo era que hay una «esencia» o una «pureza» del cuerpo social que hay que proteger, y ciertos cuerpos, ciertas costumbres, cierta gente que llega de afuera, ponen en riesgo esa esencia. La lepra fue, en su momento, uno de los vehículos concretos de esa lógica, se la asoció con la inmigración de pueblos considerados «incivilizados», y aislar a quien la tenía era, en el fondo, una forma de proteger algo más grande que la salud pública.

Ese razonamiento (que mezclar demasiado «diluye» o «contamina» algo esencial de una nación o una cultura) es el mismo que hoy aparece, con otro vocabulario, en ciertos discursos nacionalistas que se oponen a la migración. Ya no se habla de razas ni de degeneración en esos términos explícitos (aunque algunos personajes de las derechas del mundo no están tan lejos), pero la estructura del argumento es reconocible: hay una identidad que preservar y una amenaza externa que la pone en riesgo. Es un paralelismo que vale la pena tener presente, no tanto para sacar conclusiones cerradas sino para reconocer el patrón cuando reaparece, aunque venga con ropa nueva.

La curiosidad es esto: empezar un recorrido por una escena de ficción ambientada en Japón, sobre una mujer que no podía sentir el sabor dulce en la boca. Terminar en el Chaco, con Walsh lavándose las manos junto a un cabo que llevaba veinticinco años sin contagiarse, y en las sierras de Córdoba, con un cura que se contagió por compartir un mate. Nada mal, para un libro que solo hablaba de dorayakis.

Fuentes consultadas: Wikipedia (José Gabriel Brochero), notas de Infobae, Perfil, La Nación, La Capital y El Destape sobre Brochero; La Gaceta (carta de Brochero, 1913); artículos académicos sobre higienismo en Argentina (Diego Armus, Salud Colectiva; Vanesa Teitelbaum, Papeles de Población); y coberturas periodísticas sobre «La isla de los resucitados» de Rodolfo Walsh.

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