El Atelier Urbano

Soy Luz y acá dejo crónicas personales, observaciones sociales y análisis desde el movimiento.

Hace unas semanas empecé, y terminé, de leer Las gratitudes, de Delphine de Vigan. Lo agarré de una pila de libros que tengo comprados y sin leer, sin ninguna razón particular para elegir ese, y sin embargo el momento no fue casual: lo empecé en medio de algunas noticias no muy felices sobre la salud de gente que quiero mucho.

El libro arranca con una pregunta simple: ¿cuántas veces al día decimos gracias? Gracias por la sal, por el vuelto, por el pan. Unas gracias de cortesía, mecánicas, casi huecas. Y después la autora va un poco más allá: ¿cuántas veces en la vida hemos dado realmente las gracias? Unas gracias sinceras, la expresión de una gratitud, de una deuda. ¿A quién?

No pude leer esa página y seguir de largo sin hacerme la misma pregunta. Y lo primero que se me ocurrió fue mandarles esa foto a mis dos amigas más preciadas, con las que nos conocemos desde los once años (tal cual el número de la página), y escribirles: gracias. Gracias por estar ahí, por bancarme, por entender que vivo en la loma del culo y que no nos podemos ver seguido, por seguir cerca a pesar de la distancia.

Mudarme a otro país me achicó la lista de gente que se acuerda de mí, o la de gente de la que yo me acuerdo. Con el tiempo aprendí a no insistir con vínculos que a la distancia no dan mucho más, y la lista se hizo más chica pero más concentrada. Ese día, después de mi caminata de todos los días, con el libro recién abierto en esa página, mandé la foto sin pensar en la diferencia horaria, sin calcular si las iba a despertar o si tenían el celular en silencio. Por una vez no medí nada, solo quise que ese gracias llegara en el momento en que lo sentí.

La lista de personas a las que quisiera agradecerles así, sinceramente, es mucho más grande que dos nombres: mi compañero, mis papás, mis hermanas, mis primas, mi tía, mi sobrino, al que conozco hace solo cuatro años y quiero con todo el corazón, a otras amigas y amigos. No voy a escribirle a cada una un mensaje de gracias por tal o cual cosa (sería raro, casi un brote), pero tampoco me cierra del todo dejar esas gracias tácitas, dando por sentado que la otra persona ya sabe. No porque piense que alguien me va a faltar mañana, sino porque no hace falta que falte nadie para que valga la pena decirlo a tiempo.

No soy una persona religiosa. No tengo a quién agradecerle en el sentido en que mucha gente que conozco le agradece a Dios, a la fe, a algo más grande. Pero creo que agradecer (a algo, a alguien, por algo concreto) debería ser bastante más habitual de lo que es. Tenemos incorporado el gracias automático del que compra el pan o el café. El otro gracias, el más profundo, el que reconoce que alguien te escuchó, te acompañó, te sostuvo, ese lo decimos mucho menos. Y ahí es donde, creo, empezamos a dar las cosas por tácitas.

Por eso quería escribir esto: para pensar en cuáles son las gratitudes que me mueven, o que me conmueven, como las llama la autora. Y para acordarme, la próxima vez, de no esperar a que sea el momento perfecto para decir gracias.

Posted in

Deja un comentario