El Atelier Urbano

Soy Luz y acá dejo crónicas personales, observaciones sociales y análisis desde el movimiento.

Hoy es Lunes y hace tiempo que «¿cómo estás?» se volvió una pregunta difícil. Con la endometriosis ya venía costándome encontrar lo lindo para decir. Y estos días, con la palabra carcinoma dando vueltas en grupos de gente que quiero, siento que se profundizó: no puedo nombrar del todo lo que pasa, pero tampoco puedo fingir que no pasa nada.

Leyendo La encomienda, de Margarita García Roballo (escritora colombiana radicada en Argentina), subrayé un fragmento sobre el llanto: que arrasa con pesares atorados que nunca son los del momento, sino otros… se llora por lo pasado y por lo que ni siquiera sabemos que va a pasar. Y cuanto más intenso el llanto, más poderosa la corriente que se lleva todo por delante.

Eso me hizo pensar en cuánto lloré estas últimas semanas, justo en el medio de dudar si escribirle a una amiga, si contarle lo que estuve sintiendo. Quizás ese llanto tampoco era solo por lo de ahora.

Y ahí aparece también el silencio, en el medio de todo. El silencio a veces sana… da espacio, da tiempo para pensar mejor, para no descargar en el otro algo que todavía ni una misma terminó de procesar. Pero el mismo silencio, si se estira demasiado, empieza a malinterpretarse: parece indiferencia, parece que a la otra persona no le importa, cuando en realidad lo que hay del otro lado es justamente lo contrario. El equilibrio entre esos dos mundos (el silencio que cuida y el silencio que aleja) no tiene una regla fija, hay que ir midiéndolo cada vez.

Pienso en lo que dijo mi terapeuta sobre el miedo y los fantasmas, que nombrar ayuda a reconocer. Pero hay cosas que todavía no tienen nombre y apellido, o no son mías para nombrarlas del todo. No se trata de forzar lo positivo ni de vaciar el mensaje de lo que de verdad siento, sino de encontrar una forma de estar en contacto con las demás personas y que eso no dependa de tener algo resuelto o algo lindo para ofrecer primero.

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