El Atelier Urbano

Soy Luz y acá dejo crónicas personales, observaciones sociales y análisis desde el movimiento.

El viernes tuve que hacerme unos análisis de sangre. Nada grave, solo chequear unos valores para saber si necesito otros complejos vitamínicos que le den pelea a los efectos de la endometriosis. Pero para mí, ir a un laboratorio nunca es un trámite menor… tengo un asunto con las agujas que viene de muy atrás.

Cuando tenía seis años tuve una peritonitis aguda y estuve internada mucho tiempo. Casi todas las noches venían a ponerme inyecciones, y no siempre de la manera más amable. Después vinieron otras cirugías, con los mismos protocolos: canalización, análisis, anestesia. Todo eso fue dejando marcas y aunque lo he trabajado mucho en terapia, el mundo de las agujas sigue sin ser un lugar cómodo para mí.

Me acuerdo de una vez, hace como unos quince años, que tuve que vacunarme contra la fiebre amarilla porque viajaba a Paraguay y era obligatorio. Le pedí a mi hermana que me acompañara y mientras hacíamos la fila empecé a llorar, no de un llanto desconsolado, sino de esas lágrimas que simplemente empiezan a correr solas. Mi hermana me preguntó qué me pasaba y yo le expliqué que esto me pasa siempre que vengo a vacunarme, a sacarme sangre o a ponerme una inyección.

Con los años aprendí a avisar antes. Cuando me siento en la silla del laboratorio y el bioquímico o la bioquímica está por empezar sus tareas, les digo, “capaz lloro” para que lo sepan de antemano. A veces me encuentro con miradas incómodas, esas que parecen decir «sos una mujer adulta, ¿por qué vas a llorar?». Aunque con el paso del tiempo dejé de pedir disculpas por sentir lo que siento, pero esas miradas de todos modos incomodan.

El viernes le dije lo mismo que digo siempre y la bioquímica, en vez de mirarme raro, me contestó: «No te preocupes, yo no hay vez que viaje en avión que no llore». Nos reímos las dos, y a mí esa respuesta me generó una relajación enorme. Me contó también que su hija se le ríe cada vez que vuelan juntas, porque ella llora.

Yo le contesté, sin pensarlo mucho: «Algún día va a encontrar qué es lo que a ella también la hace doler, o algo que le genere una incomodidad que la haga llorar». No se lo dije para desearle nada malo, sino porque el mundo es así… porque en algún momento, a todos y todas nos queda una pequeña huella, una cicatriz que nos hace llorar cada tanto.

Esa escena se me quedó dando vueltas todo el día, porque parece que ser adultas nos quita el permiso de llorar en público. Llorar en privado, quizás (o quiero creer) casi todo el mundo lo hace. Pero que algo te angustie o te emocione tanto en público como para que se te escape una lágrima, ahí empiezan las miradas.

Y sin embargo, a veces alcanza con un comentario sencillo, casi al pasar, para generar empatía. Para que la otra persona se sienta lo suficientemente contenida como para relajarse en medio de la tensión o de la emoción. Esta bioquímica podría no haber dicho nada, podría haber seguido con su trabajo sin más. Eligió, en cambio, compartir su propia fragilidad para acompañar la mía.

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