El domingo pasado salí del cine sola. Ale estaba de viaje ese fin de semana. Caminando de vuelta a casa, empecé a observar, como me pasa siempre, busqué patrones. Es una costumbre vieja… en los viajes largos cuento patentes de auto o busco frases con las iniciales, en el colectivo miro cuánta gente quedó del lado del sol y cuánta del lado de la sombra, y si alguien se cambia de asiento cuando el sol empieza a molestarle. Esa noche, sin proponérmelo, el patrón que armé fue otro. Normalmente saco asientos en la parte final de la sala y una vez sentada noté que la sala de cine se había dividido casi justo a la mitad entre las personas que habían ido solas y las que habían ido acompañadas.
Había ido a ver The Christophers, de Steven Soderbergh, con Ian McKellen. Julian, el protagonista, es un pintor que se está muriendo y que dejó varios cuadros sin terminar, no por falta de talento ni de materiales, sino porque hay algo en la historia de esos cuadros, ligado a un amor que le marcó la vida, que no le permite cerrarlos.

De vuelta a casa pasé inevitablemente por el bar de la esquina, frente al teatro, a cinco cuadras de mi casa. Empecé a contar las mesas ocupadas y noté que en más de la mitad había una sola persona sentada.
Y como si me hubiese estado esperando, en ese mismo momento, del otro lado de la calle, un hombre empezó a gritar: I lost my wife, I lost my house, I lost my wife. Lo repetía, varias veces, aunque la verdad no sé qué le estaba pasando. Fuimos varios los que giramos la cabeza en busca del autor de la confesión, pero no fue mucho lo que pudimos hacer.
Aunque ese grito creo que tenía algo de los cuadros del Julian de la película. El cuadro sin terminar no es una falla técnica… es la forma que tiene esa historia de seguir viva y, ese hombre, repitiendo en voz alta su pérdida en la calle, tampoco podía cerrarla. La decía una y otra vez porque decirla era, quizás, la única forma de sostenerla.
No sé si lo que conecta esa noche (la sala dividida, las mesas del bar, el hombre en la esquina) es la soledad. Creo que es otra cosa, ¿cuánto de lo que nos pasa queda sin terminar de resolverse, y cómo, aun así, seguimos caminando?
Aunque pensándolo un poco más, tampoco puedo separar del todo esa noche de la ciudad en la que pasó. Luxemburgo es tranquila, quizás demasiado, y en esa tranquilidad hay algo que a veces se parece al aburrimiento, y el aburrimiento, sostenido el tiempo suficiente, se termina pareciendo a la soledad. Es un país de paso… mucha de la gente que vive acá está de paso, con fecha de vuelta a otro lado (o pensando en que eso suceda), y eso también deja huella en cómo nos relacionamos con los demás. El clima ayuda poco, digamos todo, porque es gris la mayor parte del año. Así que tal vez esas mesas con una sola persona, esa sala de cine dividida a la mitad, no eran solo algo de un domingo en particular. Quizás eran, sin que yo lo pudiera definir mejor, un pequeño retrato de esta ciudad.
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