Como ya se viene haciendo costumbre, las lecturas me llevan a ir un poco más allá y siempre hay algo que se conecta con sensaciones que estoy experimentando. Desde hace unos días estoy leyendo La luz y la montaña, de Soledad Urquía y en un momento del libro, aparece esta pregunta: «¿Será esa la función de las montañas, contener la emocionalidad del agua?». Si bien lógicamente la pregunta funciona en el tiempo y el espacio en el que está planteada dentro del libro, yo no pude no trasladarla hacia otros lugares… porque si hay algo que se desborda cada vez que pienso en Córdoba, es la nostalgia.

Yo creo que es porque la semana que viene viajo a Córdoba y aunque ya hace diez años que me fui, cada vez que vuelvo pasa lo mismo: extraño. Lo más loco para mí es pensar que a veces extraño estando ahí, porque me encuentro con que las cosas ya no son como eran (sueno a señora, sí ya lo sé).
Hay algo de no ser ni de acá ni de allá… esa sensación que tenemos quienes nos fuimos, y más cuando volvemos. A veces algún amigo me explica cosas de Córdoba como si yo nunca hubiera vivido ahí, y aunque entiendo de dónde viene, un poco me choca (digamos todo)… nací ahí, crecí ahí, viví veinticinco años. Mi forma de ser tiene que ver con esa ciudad, pero para algunos, ahora soy la que se fue, y aunque vuelva, vuelvo de visita.
Una calle que era mano única ahora es doble mano, o es mano para el otro lado. Un boulevard que yo recuerdo medio abandonado ahora está lleno de flores y luces. El local de ropa donde compraba ya no existe. La cafetería del centro a la que iba con amigues o con mi hermana ya cambió de dueño, de nombre o de estética.
Y obviamente que una ciudad muta, se trasforma, se adapta… pero eso significa que el mapa que tengo adentro mío de esa ciudad ya no calza con la ciudad real. Toca volver y actualizar algo que en mi cabeza se había quedado quieto como en una foto.
La realidad es que son muchas las cosas que cambian, pero las montañas, no.
Córdoba es una ciudad de montañas, lógicamente están ahí desde antes de que yo naciera y van a seguir (eso espero) estando ahí cuando yo ya no esté… Mientras todo lo demás se corre de lugar (las calles, los negocios, el sentido de las manos), las sierras se quedan quietas, marcando el mismo borde que marcaban cuando era más chica o cuando aún vivía por allá.
Entonces pienso que a lo mejor la pregunta del libro tiene una respuesta muy concreta y es que para mí la montaña es el único punto fijo en medio de todo lo que se desbordó y se transformó. Por eso cuando llego y me invade esa mezcla de alegría y pérdida, hay algo que sigue estando exactamente donde lo dejé.
En mi viaje por Córdoba seguramente voy a volver a ver montañas, mis papás de hecho se hicieron una casita casi dentro de ellas. Y creo que voy a prestar mucha más atención a esas montañas que siguen igual, conteniendo la nostalgia que viaja conmigo, de acá para allá y de allá para acá.
Deja un comentario