El Atelier Urbano

Soy Luz y acá dejo crónicas personales, observaciones sociales y análisis desde el movimiento.

Estoy en Córdoba, con mi familia, por dos meses y medio. Es un tiempo largo para mí, pero para Santi, mi sobrino de cuatro años, todavía no es una medida que se entienda.

Las tres veces que lo vi desde que llegué, me preguntó si ya me iba. Si hablo con mi mamá de una mochila, pregunta. Si digo «cuando vaya», pregunta. A veces quiere saber si me voy a la casa de la abuela o a la mía (que es la que está lejos). No lo dice con enojo ni con reproche. Lo pregunta como quien chequea algo para quedarse tranquilo. Con pocos años entendió algo que es cierto: la tía Luz casi nunca está físicamente, y cuando viene, el tiempo se acaba rápido.

Le dije que esta vez me quedo casi 100, que es la palabra que él usa cuando algo es muchísimo. No sé cuánto entiende de eso todavía. Lo que sí noto es que me duele esa imagen. No porque sea falsa, sino porque es la que dejaron mis idas y venidas, y no es la que me gustaría que tenga de mí.

Pensando en eso, me acordé de algo que le dije a mi mamá sobre mi papá. Le dije que el papi es alguien que siempre parece que se está yendo. Lo dije por cómo lo veo: cuando llega a un lugar, parece estar pensando ya en el momento de volver. En los eventos con mucha gente, va y acompaña, pero se lo ve más cómodo cuando se acerca la hora de estar en casa.

Pero eso es lo que yo veo desde afuera. No sé qué siente él. Puede ser incomodidad,, puede ser la tranquilidad de estar en su casa, puede ser otra cosa que no se me ocurre. Y sé que esa imagen es una lectura mía, con lo poco que llego a ver (porque mi papá también es de los que «llevan la procesión por dentro»).

Así es como ayer se me juntaron las dos escenas. Santi me ve como alguien que se va. Yo veo a mi papá como alguien que a veces se quiere ir. En ninguno de los dos casos lo que se ve tiene por qué coincidir con lo que realmente pasa por dentro. Yo no me siento alguien que siempre se va: me siento alguien que vuelve cuando puede. Y quizás mi papá tampoco se siente así.

También me pregunto qué parte de lo que me molesta de esa actitud de él, es lo que me reconozco a mí. Yo también tengo algo de su ansiedad, y sé que desde otro lugar alguien podría ver en mí lo mismo que yo veo en él.

Hace un tiempo me tatué en el brazo un pedazo de la canción «Quedándote o yéndote», de Luis Alberto Spinetta: Amar amar hasta morir. Lo elegí mucho antes de escribir esto, y hoy le sumo otras capas de lectura. Ahora pienso que el amor de esa frase no depende de estar o de irse, ni de dónde esté el cuerpo: se puede estar lejos y seguir presente. Esta vez me quedo casi 100. Y cuando me vaya, me gustaría que Santi pueda pensar en mí como alguien que estuvo, y no solo como alguien que se fue.

No tengo una conclusión cerrada sobre todo esto. Solo sigo pensando en cuánto de lo que reflejamos en los demás es lo que sentimos, cuánto es lo que el otro necesita entender de nosotros, y qué hacemos cuando esa imagen nos llega de vuelta.

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