Inevitablemente, estos días estuve pensando en lo que significa que alguien de tu familia se enferme de algo más grave que una gripe. Cuando pasa, todo el núcleo familiar se resiente y se replantea. Empieza una etapa de cambios: algunos los hacés antes, otros durante, otros los vas dejando para después, y no siempre sabés cuáles son hasta que te das cuenta de que los estás haciendo.
También aparecen muchísimas preguntas. A veces son tantas que desbordan, y ni siquiera sabés por dónde empezar. Mi mamá lo dijo varias veces: «no le encuentro la punta del ovillo a todo esto». Y me parece que lo describe bien: esa sensación de tener todo enredado delante y no saber de qué hilo tirar.
Y si a quienes rodeamos a mi papá nos pasa esto, no puedo dejar de pensar en lo que le pasa a él. Tiene que procesar un montón de información de golpe, desde que algo le va a doler hasta la posibilidad de que no haya posibilidad. Imagino lo que puede ser eso dentro de la cabeza de una persona. Aún más, si se trata de alguien que no cuenta lo que le pasa, ni dice cómo se siente, ni a qué le tiene miedo, ni hasta dónde está dispuesto a comprometerse. Entonces las demás vamos adivinando. Probamos, acertamos a veces, nos equivocamos otras, tratando de dar con lo que le haría bien.
Me pregunto también en qué momento te das cuenta de lo que vos y tu cuerpo están por atravesar. Una amiga que está pasando por un proceso de salud me contó que ella no lo dimensionó hasta el día de la cirugía. Hasta entonces iba haciendo todo lo que le decían que había que hacer, medio en piloto automático, y de pronto llegó ese día y pensó: esto es verdad, esto está pasando. Su manera de describirlo me ayudó a entender algo de lo que puede estar viviendo mi papá.
Yo tengo experiencia con cirugías. Pasé por varias, conozco el procedimiento y muchos de mis postoperatorios no fueron fáciles. Pero cuando la palabra cáncer está en el medio, cambia todo… cambia la perspectiva y cambia el peso de las cosas. Lo que viví yo me sirve para entender algo, pero no es lo mismo.
Cuando decidí viajar de Luxemburgo a Córdoba, algo tuve claro: no venía a resolver nada. Hubo que decir muchas veces, en voz alta, que no tengo el control de lo que está pasando (ojalá lo tuviera). Vine a acompañar, a estar en la medida de mis posibilidades, aun sabiendo que eso implicó dejar mi casa y mi familia allá, y saber que no sé cuándo voy a volver.
Aun así, hay una pregunta que no puedo dejar de hacerme: ¿cómo ser un mejor instrumento para este momento? No sé si está bien plantearlo en esos términos, pero fue lo primero que se me vino a la mente y prefiero ser honesta. No quiero ser una carga, aunque no en el sentido de «no molestar», sino en el de ser un lugar seguro: un lugar donde mi papá pueda estar como esté, con miedo o sin ganas de hablar, sin tener que explicarse ni cuidar las emociones de nadie. Para eso, por lo pronto, creo que me toca soltar cosas y no apurar ningún tiempo (sobre todo los suyos).
A esto lo digo, porque por momentos, me da la sensación que todavía no termina de reconocerse como “el paciente”, aunque como siempre, puede que me equivoque. Tuvimos varias conversaciones, algunas difíciles, y las que vengan seguirán siéndolo, pero muchas veces desde afuera no puedo entender del todo lo que siente ni lo que quiere hacer.
Otra amiga, cuyo papá también pasó por problemas de salud complejos, me contó algo que me hizo mucho sentido. Llegó un punto en el que entendió que el poder de decidir estaba en las manos de su papá. Se sentó con él y le preguntó qué quería hacer. Si quería tratarse, harían todo lo que estuviera a su alcance. Y si no, aunque sería difícil aceptarlo, era su decisión y estarían ahí para acompañarlo.
Pensé en lo que implica abrir esa conversación, porque supone estar dispuesta a escuchar cualquier respuesta. Quizás no sea el camino para todas las familias, pero me dejó una idea que empecé a practicar en estos días: preguntar, en lugar de adivinar, porque esa también es una forma de cuidar.
No quiero fingir que no pasa nada, ni tampoco hacerme la positiva (porque estoy lejos de serlo). Hay dolor, miedo e incertidumbre, y me parece importante decirlo así. Pero me pregunto si, al mismo tiempo, puede haber un camino de aprendizaje. Si se puede aprender a acompañar mejor, a escuchar atentamente aunque nadie diga nada, a aceptar cuando no hay nada en nuestras manos que podamos arreglar.
No tengo respuestas. Lo único que sé hasta ahora es que acompañar se parece más a estar que a resolver. Estar es sentarse al lado, preguntar, escuchar, aceptar que hay silencios que no hace falta llenar. Resolver, en cambio, no depende de mí.
También sé que lo que no depende de mí puede ocupar menos lugar si lo nombro y si lo comparto en voz alta. Por eso lo hablo en terapia, con mis hermanas, con mi mamá y, por supuesto, con mi papá.
Cada uno de nosotros lo vive a su manera, y no siempre sentimos ni decimos lo mismo. Pero estamos en el mismo lugar, buscando juntos una forma de acompañar y de dejarnos acompañar. Y esa búsqueda compartida, con sus aciertos y sus desaciertos, también es una manera de cuidar a mi papá.
Hoy lo escribo para ordenarme y para dejar asentado lo que siento. Y mientras tanto seguimos sin encontrar la punta del ovillo, pero ya no la buscamos en soledad.
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